Work/ Curro
‘Aventuras y desventuras en el patio de infantil de 4 años’ o ‘La cabeza como un bombo, diossss!’
Pues sí, amiguitos, me toca tres veces por semana ir al patio de infantil de cuatro años a vigilar que todo vaya bien. Los usuarios de ese patio tienen varias características que los hacen inconfundibles:
1ª. Son pequeñitos;
2ª. Son muy nerviosos;
3ª. Hablan raro;
4ª. Todos tienen algún moco pegado en algún lugar de su cuerpecillo;
5ª. Son incapaces de abrir cualquier tipo de contenedor con alimentos en su interior (yogures, taperwares, latitas con el almuerzo, etc);
6ª. Lloran por cualquier cosa.
Todas estos rasgos definitorios de los niños de 4 años que pululan por el patio tienen un peso específico en el nivel de estrés de los adultos encargados de vigilarlos y supervisarlos (o sea, los profes, o como ellos mejor nos conocen, ‘las personas grandes que nos llevan a hacer pipí y nos abren las chocolatinas ricas que tanto nos gustan’). Pensemos por ejemplo en la primera característica, la de su reducido tamañito. No es que sea difícil verlos cuando están quietos y callados (o sea, nunca), pero os aseguro, amigos, que cuando todos ellos deciden correr y gritar al mismo tiempo a toda velocidad (es decir, siempre), la vista se nubla y puede ocasionar mareos. Además no nos olvidemos de la confusión y el desconcierto que suponen tener que moverse entre estos enanitos esquivándolos sin pisarlos, teniendo en cuenta que suelen llevar una dirección errática y veloz.
La segunda característica es igualmente delicada o jodida. El nerviosismo feroz de estos seres les confiere el poder asombroso de la multiplicación espontánea. Basta aquí decir que aún no he sido capaz de calcular el número de críos a los que vigilo (a veces he calculado unos 20; otras veces he llegado a contar casi el doble). Sí, amigos, parece que son más de los que hay, es un hecho.
La cuestión lingüística es igualmente interesante, aunque por otros motivos. Los chiquillos estos de 4 años hablan de forma extraña y, además, lo hacen desde tan abajo que se necesita un oído agudísimo para poder llegar a entender lo suficiente como para reconstruir el mensaje en nuestro cerebro. No deja de asombrar, por otro lado, que sea tan difícil oírles por lo bajo que hablan (bajo no el volumen, sino la altura), cuando el conjunto de sus voces mientras corren y juegan forma una barrera sonora tal, que ni siquiera se escuchan los martillazos, grúas, y demás trabajos pesados de la obra que se están realizando en el colegio a tan solo tres metros de ese patio. La falta de comprensión de los profesores lleva a ciertos malentendidos y situaciones confusas. Diré a modo de ejemplo que, cuando un niño me habla llorando mientras señala a otro y no consigo entender absolutamente nada de lo que dice, ni siquiera tras haber insistido tres o cuatro veces en que me repitiera lo que le pasaba, la estrategia más efectiva que he usado consiste en decirle al otro niño que le pida perdón y preguntarle a la víctima si, efectivamente, le perdona. Cuando asiente y deja de llorar y se van de nuevo a jugar juntos, sé que la comunicación ha triunfado. Me funciona el 80% de las veces. ¿El otro 20%? Los niños me miran un poco raro sin saber por qué hay que pedir perdón, pero lo hacen y también funciona.
La cuestión de los mocos no es realmente importante. Digamos tan sólo que les aporta cierto carácter y aire de sufridos y los distingue de sus compañeros de 5 años, que ya han aprendido a esa edad a coger un papel (o la camisa) y quitárselos. Es también, ya que estoy en ello, bastante repugnantito, todo hay que decirlo.
La cuestión de los contenedores de alimentos sí que es interesante. Algunos, efectivamente, consiguen acceder a sus comidas por sí mismos, pero son una minoría. Especialmente difícil parece deshacerse de la puñetera platinita de los yogures, especialmente los líquidos. Otra tarea imposible para ellos es abrir las chocolatinas Tirma de chocolate blanco, y cuando lo haces tú después de que ellos hayan acudido a ti, lo observan como una grandísima hazaña. Muchas veces te regalan el bote del yogur vacío o el envoltorio de la ambrosía como muestra de su agradecimiento. Es menester en estos casos armarse de sangre fría y espíritu firme y decirle al chiquillo que eso es basura y que lo tire a la papelera. Tras el trauma inicial, lo entiende sin problema y lo botará directamente la próxima vez.
Lloran. Sí, lloran. Y mucho. La mayoría de las veces lloran por lo que a nuestro juicio son insignificancias, pero no hay que subestimar el valor que cualquier tontería tiene en su pequeño mundo. Por lo tanto, cuando ves que uno llora, has de acudir e indagar para llegar al fondo del asunto. Muchas veces no es necesario investigar mucho, porque a esta edad todos son chivatos y siempre alguno te viene con el cuento. Si consigues entenderlo, dile a algún niño que le pida perdón al que llora, y santas pascuas.
Pero también ríen, los críos estos. Se ríen con cualquier cosa, y lo hacen en abundancia. La risa de los niños de esta edad aún no está viciada, y surge con una espontaneidad que los adultos ya no recordamos. Ellos encuentran el mundo realmente apasionante: todo es nuevo y está ahí para que lo descubran! También se ríen los profesores con las ocurrencias que tienen, claro. Hoy, sin ir más lejos, casi me muero de la risa cuando, tras mandar a un niño ‘al pulpo, a pensar’ por no hacer caso, me miró con cara angustiada y me dijo con ojos lacrimosos: ‘es que yo no sé pensar!’. Lo gracioso es que lo decía en serio, jajajaaja.
En fin, otro día les cuento más cositas de este pequeño mundo del patio de infantil de cuatro años.