The title of this post may come as a platitude, but I love insisting on it because, when I do, I get this feeling that things are actually getting better. I am chosing to be an optimistic here, as you can see, not just because pesimistic people are boring, but also because I honestly believe that there are symptoms of improvement in the state of the world. Even in the midst of economical struggles and ridiculous unemployment rates, there are reasons to believe that the obvious change is for the good. I was reading an interview to Ernesto Castro, author of Contra la postmodernidad, which convinced me that I have actually been lucky enough to witness the world transforming through today’s generational changes. I would like to illustrate this change by bringing forth the memory of the Orsai case, a beautiful cultural proyect whose creators are living proof that being optimistic is worthwhile. You don’t know what Orsai is? Then watch the video.
El título de este artículo puede parecer una perogrullada, pero a mí me encanta recalcarlo porque me lleva a pensar que las cosas realmente pueden mejorar. Ya ven que voy de optimista, pero no es solamente poque el pesimismo es propio de gente aburrida, sino porque sinceramente creo discernir síntomas de mejoría en el estado del mundo. Incluso si el munto está en medio de una crisis financiera sin precedentes y los índices de desempleo son de orden ridículo, hay motivos para creer que se este cambio obvio traerá cosas mejores. Leer una entrevista a Ernesto Castro, autor de Contra la postmodernidad, me ha hecho ver lo afortunado que soy por poder presenciar la transformación del mundo a través del cambio generacional de hoy. Para ilustrar este proceso, me gustaria recordar el caso de Orsai, un proyecto cultural cuyos creadores son prueba de que el optimismo merece la pena. ¿No conoces Orsai? Entonces ve el vídeo.
Debemos estar agradecidos por contar con la posibilidad de subtitular el material audiovisual producido en lenguas que no hablamos. Las interpretaciones simultáneas, por otra parte, son aliadas valiosas del intercambio de contenidos, la expresión en vivo de las emociones, y la re-creación de un cierto tipo de atmósfera. Sin embargo, la comunicación intercultural se topa con retos algo más difíciles de afrontar con eficacia y, sobre todo, con garantías de consenso y contento. Pensemos, por ejemplo, en la ópera. ¿Es mejor traducir los libretos para su publicación impresa solamente, o traducir los textos para que se puedan cantar en la lengua nativa de la audiencia? La ópera casa holísticamente la música con el texto de manera condicional, y despojar a las obras de una de sus partes puede desvirtuarlas y acabar con su capacidad expresiva. O no; he ahí el dilema. Pese a que la traducción de textos literarios, especialmente los poéticos, suponen un reto parecido, la ópera es un producto -proceso- artístico que aúna la complejidad de dos estrategias de creación diferentes. Es sin duda una cuestión sobre la que merece la pena reflexionar, y no tanto por parte de los traductores, sino de los productores y, sin duda, del público.